Antes de pedir código, aclara qué problema resuelves, por qué importa, qué entradas espera el sistema y qué salidas son aceptables. Señala límites de seguridad, rendimiento y dependencias permitidas. Establece criterios de éxito medibles y cómo se verificarán. Proveer este marco inicial evita respuestas decorativas, fomenta propuestas responsables y permite comparar alternativas con serenidad. La IA entiende mejor el contexto, tú controlas la dirección, y ambos convergen más rápido hacia un resultado útil.
Transforma requisitos en micropruebas claras que la IA pueda usar como objetivo inmediato. Pide funciones pequeñas con contratos explícitos y casos límite. Cuando una prueba falla, retroalimenta con el error exacto y la intención original. Este bucle convierte la conversación en ingeniería dirigida por pruebas, reduce ambigüedades semánticas y eleva la confianza. Además, fomenta diseño modular, facilita refactorizaciones futuras y permite mantener un ritmo sostenible sin pérdida de calidad ni sorpresas desagradables.